Entrevista a Jean Pierre Thibaud.

"Me divierte trabajar con el vino. Me da la sensación de seguir viviendo", expresó el Presidente de Tres Blasones y director ejecutivo de Bodega Ruca Malén.

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Por Alejandro Iglesias, sommelier AAS.

 

Jean Pierre Thibaud descubrió algo tarde su amor por el vino. Su extenso currículum lo ubica como líder de muchas de las empresas más importantes del país hasta que a fines de los ’80 comenzaría a recorrer los caminos del vino. Quien lo conoce se contagia inmediatamente del entusiasmo que trasmite a la hora de hablar de su bodega. Pero por sobre todo Thibaud no esconde que es un adolescente en el mundo de las vides y confiesa haber sido un tonto por no haberle dado antes una segunda oportunidad al vino.

 

¿Cuándo y cómo ingresó al mundo del vino?
Ingresé al mundo del vino demasiado tarde, a los 66 años, convencido que todo alcohol me pateaba el hígado. Por tonto perdí mucho tiempo, en particular por no haber educado mi paladar de joven cuando los sentidos son ávidos de sensaciones nuevas. Soy hijo de franceses y mi padre tenía una buena cava con vinos importados de Francia. Me perdí una clase de degustación insuperable!

 

¿Y qué lo hizo cambiar de parecer?
Al fallecer mi cuñado, Bertrand de Ladoucette (más conocido como Barón B), que había creado Bodegas Chandon, me ofrecieron la presidencia de la empresa. Como se imaginan en ese cargo era imposible decir que no tomaba vino. Entonces empecé por probar tímidos sorbos. Poco a poco me entusiasmé y me di cuenta lo rico que era, pero también entendí que nunca podría recuperar los años perdidos.

 

Entonces ¿desde cuándo disfruta de una buena copa de vino?
Cuando asumí como Presidente de Bodegas Chandon, en 1989, se encargaron de mi aprendizaje. Tuve muy buenos profesores. Enólogos experimentados que sólo me permitían degustar “a ciegas”, sin saber lo que había en mi copa. Con los años, mi paladar viene mejorando, aunque demasiado lento a mi parecer.

 

¿Qué lo llevó a desarrollar su propia bodega?
La pasión que desarrollé por esa actividad durante mis años en Chandon y el entusiasmo demostrado por un colega, Jacques Louis de Montalembert, que me convenció de que teníamos posibilidades de éxito. En mi caso, el mundo del vino me había resultado fascinante y me dolía dejar esas actividades cuando me jubilé.

 

¿Qué lo impulsa a seguir trabajando?
Me divierte trabajar. Es más una diversión que un esfuerzo. Me da la sensación de seguir viviendo, hacer algo útil. Soy consiente que mis capacidades disminuyen pero mis compañeros tienen la cortesía de no hacerme sentir un lastre.

 

¿Cuál es la filosofía de trabajo en Ruca Malén?
Entusiasmo y pasión por lograr objetivos. La calidad que uno se propone para hacer el mejor vino posible, el obtener el reconocimiento del consumidor y la difusión de la marca, y finalmente, la necesidad de generar recursos necesarios para continuar por esa senda.

 

¿Qué diferencias observa en la actualidad vitivinícola en comparación con el escenario donde dio sus primeros pasos?
Una diferencia enorme! La calidad de los vinos argentinos mejoró y sigue mejorando a pasos agigantados. En este país, la gente adinerada tomaba whisky en los cocktails, vinos importados durante la comida, algún champagne para brindar y algo de cognac para terminar la velada. Los que no podían afrontar esos gastos se volcaban a vinos de mesa, de baja calidad, que en muchas oportunidades se cortaban con soda. El argentino medio no se preocupaba por saborear un buen vino ni las bodegas locales por elaborarlos. La revolución mundial de la calidad de los vinos había empezado hace 4 o 5 décadas, pero aquí, el gran cambio se hizo durante los “80 y los “90. Disminuyó drásticamente el consumo de vinos de mesa, los productores arrancaron viñedos de uva criolla, que, poco a poco, fueron reemplazados por uvas finas. Al descubrir que muchas regiones del mundo poseían terruños y climas que permitían el cultivo de excelentes variedades de uva, los productores de distintos países se animaron a competir con lo que se consideraba la Meca del vino: Francia; y luego a multiplicar las variedades que cultivaban, logrando vinos de calidad notable. Un ejemplo conocido es el éxito del Malbec en Argentina, cuando en su país de origen, su superficie cultivada ha disminuido al punto de estar limitada a una región, Cahors, o a parcelas en Burdeos, donde se lo utiliza como vino de corte.

 

¿Cómo ve el presente del vino argentino? ¿Y el futuro?
La Argentina tiene claras ventajas competitivas. Extensa superficie de terruños no explotados dentro de la franja de latitudes y altitudes ideales para cultivar la vid, climas secos que requieren riego y recursos hídricos para abastecerlos, suelos variados susceptibles de aprovechar esas condiciones y sobre todo, en mi opinión, un mercado interno que alienta investigaciones, ensayos e inversiones necesarias para desarrollar esas producciones. Finalmente, y es lo más importante, una base de viticultores, de enólogos y de emprendedores con capacidad y ganas para desarrollar producciones de riesgo como es la industria vitivinícola.
En cuanto al futuro, son muchos los parámetros que inciden en lo que puede ocurrir, tanto para el corto como para el mediano plazo. Es difícil hacer un pronóstico.
La calidad y la producción aseguran su continuo ascenso en Argentina. Se plantan cada vez más viñedos finos, se hacen ensayos en nuevas regiones del país. Los consultores extranjeros que vienen al país elogian cada vez más los pasos que se dan hacia la calidad de nuestros vinos, no se ve qué podría detener este camino. Nuevas técnicas ahora respaldan lo que antes era el privilegio de unos pocos enólogos que poseían el olfato y el paladar para hacer grandes vinos. Esas condiciones deberían garantizar un continuo mejoramiento de la calidad, por lo menos a la par de otros países que están a la vanguardia del desarrollo vitivinícola
Un aspecto que se debe seguir de cerca, aunque aún sea una incógnita, es el desarrollo de los mercados emergentes, en particular China y la India, potencialmente muy grandes.