El Malbec celebra su día.

17 de Abril, una historia que finalmente celebrará el mundo entero.

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Por Alejandro Iglesias, sommelier AAS*.

 

A estas alturas hablar del romance entre la Argentina y el Malbec puede parecer tan recurrente como mencionar las características sobresalientes desarrolladas por la cepa en los viñedos de nuestro país. Por lo tanto, recorramos el currículum vitae de esta variedad que hace más de 100 años eligió los suelos argentinos para escribir su historia. Una historia que finalmente celebrará el mundo entero.

 

No se puede negar que el camino recorrido por el Malbec fue largo. Lejos del éxito que hoy lo tiene como protagonista, en su tierra natal conoció tanto la gloria como el desarraigo. Quizás fue así que supo armarse de paciencia y esperar el momento indicado para ganar el lugar que nunca le debieron negar junto a los grandes vinos del mundo. Pero así de complicadas suelen ser las historias de los talentosos que deben franquear siempre una prueba más.

 

Nadie es profeta en su tierra…
Su historia se remonta a la época de expansión del Imperio Romano, momento en el cual la vid y la viticultura son introducidas en Europa, principalmente en la región que luego se convertiría en Francia.
Mientras muchos aún discuten si su origen fue en el sudoeste francés, el norte de Borgoña o en las orillas del Loire, lo innegable es que el Malbec supo adaptarse a diferentes regiones del país galo, donde desarrolló vinos que nunca pasaron inadvertidos. Incluso llegó a formar parte del assamblage de los célebres vinos de Burdeos.
Pero caprichosamente la historia lo ubicaría casi con exclusividad en Cahors, ciudad del sudoeste francés que se convertiría en su cuna histórica. En sus viñedos se la conocería también como Cot o Auxerrois y se transformaría en la columna vertebral de los “vinos negros de Cahors”, caldos rústicos y vulgares que vivirían por siempre a la sombra de los grandes vinos franceses.
Ni la popularidad ganada a partir de ser el vino servido en la boda del Rey de Inglaterra, Enrique II con la duquesa Eleonor de Aquitania (región que incluía a Cahors dentro de sus fronteras) alcanzaría para incluirlo en la elite de la vitivinicultura de la época. En su tierra natal el Malbec parecía condenado.
Durante siglos su reputación continuaría siendo la de un vino barato comercializado en mercados poco exigentes donde poco importaba el origen de la bebida. Nadie pedía Malbec y lo que era peor pocos la conocían.
Con los años su nombre se iría apagando y sus viñedos desapareciendo. Quizás su momento más crítico fue a partir de la plaga de filoxera que atacó los viñedos europeos a fines del siglo XIX. Una vez recuperada la industria vitícola la mayoría de los productores a la hora de reponer las vides perdidas se inclinarían por cepas de mayor valor comercial como Cabernet Sauvignon, Merlot y Cabernet Franc. Una decisión que estuvo a punto de hacerla desaparecer para siempre de la faz de la tierra.
Décadas más tarde la helada de 1957 se encargaría de afectar a la mayoría de las plantas que aún quedaban en pie. De modo que el Malbec parecía condenado a la extinción.

 

Nuevo Mundo, Nuevo Hogar.
Lógicamente los orígenes de la vitivinicultura en el continente americano están relacionados con la llegada de los españoles durante la Conquista. Serían estos descubridores los encargados de introducir las primeras vitis viníferas (especie de vides aptas para la elaboración de vinos finos) al Nuevo Continente durante el siglo XVI y más tarde las técnicas para la elaboración de los primitivos caldos americanos.
Cuentan los relatos de la época que estas primeras vides eran utilizadas para producir los vinos utilizados durante la misa como así también para saciar la sed de los viajantes. Por aquellos tiempos ya existían viñedos tanto en Cuzco como en Lima. Más tarde algunas plantas viajarían hacia Chile desde donde mucho tiempo después cruzarían la Cordillera para llegar a suelo cuyano.
La adaptación de estas vides en suelo americano fue vertiginosa y pronto muchas regiones contaron con sus vinos. Un acontecimiento que no tardaría en cruzar el océano y preocupar a la Corona española, que consideraría riesgosa la expansión de esta industria y decidiría prohibirla con el fin de evitar la competencia con sus productos.
Afortunadamente siempre existen aquellos reacios a apegarse a las órdenes y la vitivinicultura continuó con su crecimiento, aunque mucho tiempo tendría que pasar para hablar de los vinos tal como hoy los conocemos.
En nuestro país los primeros viñedos se ubicarían en el territorio hoy ocupado por Santiago del Estero, pero claro está que la región donde más proliferarían sería Cuyo. Para mediados del siglo XIX Argentina ya era conocida por sus vinos, principalmente elaborados con uvas criollas.

 

El arribo a la tierra soñada.
Atento a este potencial en 1852 Domingo F. Sarmiento le sugiere al entonces gobernador de Mendoza, Pascual Pedro Segura, la contratación del reconocido agrónomo francés Michel Aimé Pouget, quien acababa de realizar importantes aportes en Chile.
Es así que Pouget cruza la Cordillera acompañado de semillas y plantas de diferentes cepas francesas. Entre todas ellas se encontraba el Malbec. Este momento también es conocido como el inicio de la vitivinicultura moderna en nuestro país, que de la mano de los miles de inmigrantes que poblarían por aquellos años Cuyo, se convertiría en la industria más pujante de la región.
Estas nuevas plantas encuentran en esta región semidesértica ubicada a más de 1000 metros sobre el nivel del mar, un hábitat ideal para su desarrollo. El clima cálido del día y fresco de la noche permitía un perfecto desarrollo mientras las escasas lluvias aseguraban la sanidad. Todo parecía favorecer a esta nueva actividad que encontraba al Malbec entre las más plantadas y responsable del sabor particular de los vinos que triunfaban en Buenos Aires. Aunque por aquellos días era conocida como la francesa, modo en que la llamaban los viñateros.
Los últimos años del Siglo XIX y los inicios del XX fueron muy importantes para la vitivinicultura argentina. Mientras los viñedos continuaban su expansión, la llegada de más inmigrantes aseguraba la mano de obra calificada en los viñedos y las bodegas. Paralelamente el consumo de vinos en el país emprendía un acelerado ritmo de crecimiento que se traducía en inmensas extensiones de viñas que nunca parecían suficientes para la cubrir demanda. Era época de mucho consumo donde la calidad no era la premisa.
Fue así que los productores echaban mano a aquellas cepas que aseguraban mayores rendimientos y comenzaban a reducir las hectáreas plantadas con cepas de calidad en busca de mayor cantidad de uva. Como dato se puede recordar que para 1944 el país contaba con 49248 hectáreas de Malbec, mientras que actualmente apenas se habla de 30.000.
Esta fiebre por los grandes volúmenes de producción parecía atentar contra nuestra cepa emblemática también en su nuevo hogar.
Pero afortunadamente un grupo de expertos, conformado por agrónomos y enólogos entre los que se destacaban nombres como Raúl de la Mota y Alberto Alcalde, se encargaría de generar conciencia en torno a este noble cepaje.
Durante las décadas del `70 y `80 mucho trabajo se realizaría para recuperar la calidad enológica de los viñedos argentinos. Serían épocas en las que se debía poner orden en las viñas y las bodegas. Atrás habían quedado las épocas del vino a granel cuando Argentina era el mayor consumidor de vinos del mundo. Era tiempo de retomar el camino de la calidad y para eso la industria se guardaba un as en la manga: el Malbec.

 

Desde su arribo esta cepa francesa había desarrollado una identidad bien diferente a aquella que le había sentenciado al desarraigo en su tierra natal. Aquí los vinos de Malbec se mostraban elegantes, sofisticados, sedosos y amables al paladar. Y lo más importante era que cada región imprimía un estilo propio que otorgaba diversidad.

 

No había dudas el Malbec era una cepa noble que necesitaba de las alturas cordilleranas, las noches frescas del pedemonte y las aguas de deshielo para dar su mejor versión.

Una historia de idas y venidas que hoy conoce su mejor momento. Es por eso que sobran los motivos y las etiquetas para que el próximo 17 de Abril el mundo entero llene su copa con su Malbec preferido y se disponga a celebrar del Malbec World Day, un día que conmemora la llegada al país de nuestra cepa emblemática y el inicio de la viticultura moderna.

 

*Miembro de la Asociación Argentina de Sommeliers

www.aasommeliers.com.ar