La Rioja.

Hoy, con una clara visión hacia los vinos de calidad, vuelve para ocupar un merecido lugar.

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Por Alejandro Iglesias, sommelier*.

 

La historia vitivinícola en la provincia de La Rioja es tan extensa como en las principales regiones productoras del país pero su fortuna fue muy diferente. Hoy con una clara visión hacia los vinos de calidad vuelve a la carga para ocupar un merecido lugar.

 

Los registros indican que ya en el siglo XVI las vides europeas llegaban a suelo riojano. Claro está que no con finalidad industrial sino religiosa, ya que fueron los jesuitas quienes la introdujeron en su avance junto a los conquistadores.

 

Así se escribía el primer capítulo de la viticultura riojana, una de las actividades más importantes de esta provincia, a la que le sobraron cualidades para convertirse en una destacada región vitivinícola.

 

Su terruño está definido por un clima seco y cálido, con días soleados y muy calurosos. La altura -entre los 1100 y 1450 metros sobre el nivel del mar- aporta noches frescas, que definen su amplitud térmica y una importante insolación durante el día, condición determinante para la correcta maduración de las frutas; mientras la calidad y sanidad de sus suelos no podría ser mejor.

 

A pesar de tanta historia y condiciones ideales, La Rioja naufragó durante muchos años en cuanto a la calidad de sus vinos. Al ver hoy sus viñedos cuesta creer que sus uvas eran destinadas a simples vinos de mesa, carentes de encanto.

 

Pero todo cambió en los últimos 10 años. Algunos inversores atentos a este potencial comenzaron a transformar de a poco la industria vitivinícola riojana para demostrar que aquí también se pueden obtener grandes vinos.

 

Al principio se comenzó un arduo trabajo para la reconversión de los viñedos. Aquí durante décadas la consiga fue cantidad, por lo tanto se redujeron los rendimientos y se aplicaron técnicas para recuperar la identidad del terruño. Hoy la provincia cuenta con el viñedo orgánico más extenso del planeta gracias a las condiciones naturales de sus valles; un dato para considerar.

 

Luego vino el momento de la modernización en bodega y se adquirió la más moderna tecnología que permite hoy a sus establecimientos elaborar exquisitos vinos de alta gama.

 

De a poco los enólogos y bodegueros más importantes del país comenzaron a ver a La Rioja como un oasis vitivinícola con un potencial -hasta no hace mucho- impensado, que demostró en muy poco tiempo que sus vinos estaban a la altura que el mercado actual demanda.

 

El inmediato resultado de este trabajo hoy es posible observarlo en la cantidad de reconocimiento que los nuevos vinos riojanos obtienen a menudo y como las bodegas más importantes del país demandan uvas de esta provincia.

 

En cuanto a las cepas características, la vedette es el “torrontés riojano” muy diferente al producido en las provincias del Norte. Este torrontés es más dócil, elegante y fragante lo que define un estilo que muchos consideran más refinado. Su cultivo se centra básicamente en el Valle de Famatina donde incluso ha logrado ser Denominación de Origen, mientras que a nivel provincial ocupa el 40% del total de sus viñedos.

 

Entre las tintas cada vez son más las que muestran mejores resultados. Si bien históricamente la Bonarda es la que mejores resultados ha logrado hoy son la Syrah, el Cabernet Sauvignon y el Petit Verdot las que piden una oportunidad. Desde ya que el Malbec está presente con un carácter muy intenso debido a las altas temperaturas.

 

Estas tintas logran una expresión magnífica en diversas regiones de la provincia como Chilecito, Guandacol e incluso al Este de la provincia en el valle de Aminga a 1450 metros sobre el nivel del mar.

 

Es aquí donde nace Nina Blend 2007, intenso, que conjuga la expresión del Cabernet, el Malbec y el Petit Verdot para dar origen a un vino único donde el carácter se convierte en elegancia y delicadeza.

 

*Miembro de la Asociación Argentina de Sommeliers

www.aasommeliers.com.ar.