¿Quién da más… por un vino?

El mundo del vino tiene cosas increíbles como que alguien pague cientos de miles de dólares por una botella.

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Por Alejandro Iglesias, Sommelier (@AleIglesiasWine)

Hay muchas formas de comprar los mejores vinos a buen precio (lógicamente Bonvivir es una) pero hay quienes disfrutan de tener los más exclusivos sin importar a cuánto. Entonces del mismo modo en que los fanáticos del arte pagan millones por un Picasso también están los que buscan llenar sus cavas con los vinos más codiciados y para eso pujan por éstos hasta pagar cifras increíbles. Es así que en un planeta en constante crisis financiera las subastas de vinos se convirtieron en un negocio en alza para sorpresa de muchos. Según cifras de varios medios especializados este negocio alcanzó los USD 390 millones a nivel global durante 2012, mientras que su record histórico fue en 2011 cuando se superaron los USD 475 millones. Cabe destacar que para 2005 los niveles apenas superaban los USD 150 millones.
Inicios austeros. Las subastas de vino no son novedad, solo basta con recordar que el comercio nació con alguien ofreciendo y otro ofertando. Pero en cuestión de vinos existen cientos de ejemplos, aún hoy vigentes a modo de tradición como el del Hospicio de Beaune en Borgoña donde anualmente se realiza una subasta a fin no solo de poner precio a sus vinos sino además recaudar fondos para su histórica institución benéfica. En cuanto a los fines más comerciales de las subasta hasta hace unos años cualquiera podía entrar a una casa especializada en estas cuestiones, como las británicas Christie`s o Sotheby`s, y pujar algún lote de vinos que podían haber pertenecido a un coleccionista ahorcado por sus deudas o simplemente a alguien que deseaba hacer lugar en su cava. Hasta aquí los interesados encontraban en estos remates la oportunidad de hacerse de grandes vinos a buenos precios o bien los restaurantes más sofisticados acudían para luego ostentar en sus cartas joyas poco habituales en otros locales. 
Cómo funcionan. A priori podría decirse que operan del mismo modo que cualquier subasta. Una empresa oficia de organizadora y sale en busca de vinos preciados para presentar en diferentes lotes mientras que los interesados llegan en la fecha pautada para hacerse de sus botellas. Pero aquí el secreto es saber qué buscar y es por eso que son pocas las empresas que participan del negocio. Cada una de estas empresas cuenta con expertos que deben comprobar la autenticidad de cada botella así como también poner un precio base tan tentador para el vendedor como para el comprador. Como podrán imaginar los vinos más buscados son aquellos producidos por los bodegueros más destacados del planeta y si son de grandes cosechas mejor aún. ¿Qué hace a estos vinos tan tentadores? Básicamente el prestigio del productor y la escases del producto. Por ejemplo, entre las cosechas más cotizadas esta la de 1947 y la de 1982 de Burdeos, recordadas por la soberbia calidad de aquellos tintos que todavía hoy se pueden disfrutar. Pero lógicamente la disponibilidad de botellas está en constante retroceso lo que hace que las pocas existentes puedan cotizar a unos cuantos miles de euros.
El sueño americano. Durante la década de los noventa las subastas se mudaron de Londres a Nueva York donde los magnates estadounidenses se mostraban decididos a engordar sus fortunas a pura botella. Con este escenario las casas especializadas abrieron filiales en diferentes estados del país del Norte mientras algunas casas locales se sumaban al fenómeno. Ya sea lo mejor de Burdeos o Borgoña, los más prestigiosos Cabernet californianos, renombrados tintos italianos y españoles y hasta los más sofisticados champagnes, todos eran motivo de pujas escandalosas que mes a mes batían increíbles records. Un auge que recién menguaría con la crisis del 2008 para trasladarse nuevamente de continente.
Ningún cuento chino. La apertura económica del gigante asiático hizo que todo el mundo ponga la vista en su economía. Lentamente los bolsillos chinos se convirtieron en los más gordos del planeta y como si esto fuera poco lo más compulsivos a la hora de gastar en excentricidades. Así los chinos se sumaron al juego de los vinos más costosos y el negocio parecería no tener límite. En cuestión de tres años Hong Kong se convertiría en el mercado más jugoso a la hora de subastar botellas alcanzando cifras exorbitantes, ya que los asiáticos parecen no tener problemas en pagar hasta un 25% más que los europeos o los norteamericanos. Para colmo los rusos y los indios hay también se muestran interesados en esta actividad. Aparentemente hay demanda para largo.
La gran estafa. En 2008 las alarmas comenzarían a sonar en el ámbito de las subastas y los coleccionistas cuando algunos productores pondrían en duda la autenticidad de varias botellas presentes en los remates. Años más tarde las sospechas pasarían a ser denunciadas tanto por compradores como por bodegueros que demostrarían que el negocio tenía sus fallas. Entre estos casos el más destacado es el del joven Rudy Kurniawan, un coleccionista de Indonesia acusado por el productor de la Borgoña Laurent Ponsot de fraguar botellas de sus etiquetas con añadas jamás producidas por su familia. Lentamente el rumor correría como pólvora y hasta el FBI entraría en acción hasta meter a este joven coleccionista y proveedor de rarezas vínicas tras las rejas donde aún hoy espera conocer cuál será su futuro. ¿Las pruebas? En algunos allanamientos habrían descubierto botellas fraudulentas y réplicas de etiquetas para ser utilizadas en nuevas estafas. Hasta el momento hay quienes aseguran que Kurniawan habría entregado botellas por más de treinta millones de dólares a diferentes casas de subastas.