La arquitectura de las bodegas

Algunas impactan con sus diseños y son ideales para visitar, no sólo por sus vinos sino también por su arquitectura.

Compartir la nota





Por Verónica Gurisatti

 

Las nuevas bodegas no sólo ofrecen vinos para comprar y degustar sino que además son proyectos arquitectónicos a gran escala donde el diseño cumple un papel primordial. Actualmente, muchas de ellas también cuentan con restaurante, wine bar y salas de arte hasta posadas y spa. Por eso hoy en día, con el auge del enoturismo, las visitas ya no son simples circuitos y mientras que las más antiguas establecen los recorridos de forma tradicional, las más nuevas como Valle Perdido, Del Fin del Mundo o Patritti incluyen galerías para ver todos los pasos del proceso de vinificación: desde la llegada de la uva hasta la fermentación y la crianza.

 

Un poco de historia
La historia del vino en la Argentina tiene más de 400 años y antiguamente las bodegas eran espacios integrados a las casas como galpones de adobe al fondo de la propiedad. Se pisaba la uva a pie en lagares y luego se volcaba el contenido en tinajas de barro y cuando la fermentación estaba lista se envolvía en totora húmeda (una planta local) y se llevaba en carretas a lejanos lugares. Cuando llegó el ferrocarril a Mendoza trajo inmigrantes, ladrillos y técnicas de construcción que aportaron los ingenieros italianos y la vitivinicultura floreció.

 

De 1950 al 80 tanto la arquitectura como la calidad del vino decrecieron, se detuvo la construcción y la producción volvió a los galpones, hasta que a fines de los ochenta todo volvió a cambiar gracias al furor por el vino del Nuevo Mundo, la globalización y el turismo enológico que enriquecieron la situación. Algunos bodegueros viajaron al exterior para conocer los mercados y volvieron hablando de una gran transformación, donde la calidad, la definición de la imagen de marca y las regiones productoras eran cada vez más importantes.

 

Arquitectura moderna
La arquitectura moderna se convirtió en una estrategia más para competir y para mostrar y reflejar los valores y filosofía de las marcas. Antiguamente las bodegas estaban incluidas en las casas, hoy están integradas al paisaje. Los arquitectos tienen esto muy en cuenta en las decisiones estéticas y buscan mimetizarse con el entorno a través de materiales áridos como piedra, cemento y plantas de la zona. En Mendoza en la mayoría de las entradas a las bodegas se ven plumerillos, jarillas, retamas y cortaderas que son plantas nativas que, además de ser representativas y realzar el verde de los viñedos, no necesitan gran mantenimiento.

 

El estudio de arquitectura de Eliana Bórmida y Mario Yanzón fue pionero en desarrollar este tipo de obras y desde los años ochenta comenzaron a involucrarse en proyectos vitivinícolas de pequeña y mediana escala. Al principio sólo con algunos reciclajes y luego, con los años, llegaron a construir imponentes bodegas que se funden con la Cordillera. En la actualidad, sus apellidos son sinónimo de grandes obras y entre las más destacadas de las últimas décadas se encuentran O. Fournier (foto), Salentein y su complejo cultural Killka, Atamisque, Séptima, Finca Sophenia, Dante Robino y Pulenta Estate, entre otros ejemplos.

 

El gran cambio
Hasta hace poco, los arquitectos hacían únicamente los planos y los enólogos los vinos, pero eso hoy cambió y trabajan en equipo. Hoy el enólogo tiene una gran participación en el proyecto y de esa combinación de saberes nacieron las bodegas que elaboran vinos usando sistemas de gravedad, es decir que en vez de utilizar bombas, trabajan con desniveles en las distintas etapas del proceso y así las uvas están más cuidadas y mejora la calidad. En la Patagonia, los desniveles naturales del terreno favorecen este tipo de obras, donde los camiones descargan en la parte más alta y luego los tanques ingresan en la bodega por arriba.