La vuelta de las Criollas

Desprestigiadas por años las viníferas que dieron origen a la vitivinicultura americana piden revancha.

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Por Alejandro Iglesias.

 

Para llegar a su exitosa actualidad, la vitivinicultura argentina debió transitar cuatro siglos y durante ese tiempo no todo fue Malbec, Cabernet Sauvignon o Chardonnay.Su origenfue de la mano de cepas de menor linaje o valor enológico que supieron cumplir su rol cuando el objetivo principal era satisfacer la demanda creciente del nuevo continente.

 

Algo de historia. Estas cepas son conocidas como Criollas porque a diferencia de las francesas, españolas o italianas se reprodujeron a partir de semillas que los españoles traían en sus viajes al Nuevo Mundo y no con estacas como sucedería a partir del siglo XIX con variedades que hoy gozan de mejor reputación. Es por esto que recibieron su denominación ya que las semillas dieron vida a cepas con características diferentes a las europeas aunque ese fuera su origen.

 

Lentamente las criollas comenzaron a desarrollarse y así fundaron los primeros viñedos americanos. Más tarde en cada región recibirían un nombre definitivo según sus cualidades. Es por esto que se las conoce como Misionera, País, Mollar de América, Criolla Grande o Chica, Cereza de América o Moscatel.

 

Durante algo más de tres siglos estas variedades fueron las verdaderas protagonistas de la industria vínica ya que con ellas se elaboraban los mayores volúmenes de vino del mercado. Básicamente se las elegía porque son altamente productivas, demandan menos cuidados que las cepas finas y su precio por kilo es mucho más bajo, una ecuación que permitió a los bodegueros argentinos amasar grandes fortunas hasta mediados del siglo XX cuando el consumo comenzó a retroceder.

 

Años más tarde la modernización de la industria tomaría como modelo a seguir a los viñedos franceses y muchas hectáreas de Criollas pasarían a manos de cepas con mejor pedigrí.

 

A pesar de los cambios implementados por la industria, estas variedades aún ocupan un importante número de hectáreas. Por ejemplo, mientras que de las 224.065 hectáreas cultivadas en el país, 36.410 son de Malbec, cepas como Cereza y Criolla Grande cubren 29.350 y 16.600 hectáreas respectivamente. Pero hoy su destino es otro ya que son utilizadas para el consumo en fresco, la producción de mosto concentrado o la elaboración de vinos de baja calidad.

 

La revancha. Desde hace unos años en todos los países vitivinícolas del Nuevo Continente se observa un fuerte compromiso por la recuperación de las raíces o bien por la puesta en valor del patrimonio que dio origen a la industria. En este sentido se busca dar prestigio a estas variedades que demuestran que si se las cultiva como a las finas los resultados pueden ser muy interesantes.

 

En Chile, por ejemplo, donde la cepa criolla recibe el nombre de País, son cada día mas los productores de renombre que recuperan antiguos viñedos para elaborar vinos que comienzan a marcar tendencia y ya son una herramienta más de comunicación de sus vinos ene l mundo.

 

Mientras tanto en nuestro país los hermanos Francisco y Santiago Bugallo junto a Sebastián Zuccardi recuperaron un viejo parral de Criolla en San Juan con el que producen un vino bajo las técnicas más actuales de la vitivinicultura. Buscan una perfecta madurez y rendimiento, cosechan bajo los mismos parámetros que siguen para otras variedades y luego aplican una elaboración tradicional en huevos de concreto a fin de mantener no solo la identidad varietal sino también la expresión del terruño. El resultado es un vino que ya comienza a generar adeptos entre los consumidores y sus colegas que cada día se muestran más interesados en desarrollar su propio proyecto de criollas.

 

Si bien en las últimas décadas perdieron su protagonismo frente al avance de las europeas introducidas a mediados del siglo XIX, aún son claves en el negocio del vino y lo más importante es que ya despiertan pasión entre algunos viticultores y enólogos que vuelven a apostar en ellas pero con una visión renovada.