La importancia de la añada

La añada es la fecha de nacimiento de un vino y hay por lo menos dos razones para que figure en la etiqueta

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Por Verónica Gurisatti

 

En la vida de un productor no se vuelve a repetir jamás un mismo vino. El azar de las condiciones climatológicas es lo que cada año crea una añada diferente, por eso nunca hay dos vendimias exactamente iguales. Cada cepa, cada viña y cada región presentan tales diferencias de una cosecha a otra que toda generalización es aproximada. Además, todo vino es bueno para beber en su mejor momento.

 

La añada puesta en la botella garantiza el año de producción y autentifica la edad del vino y gracias a esa identificación se puede elegir, según el gusto y las circunstancias, entre un vino joven y uno añejo. Cuando se cambia de región, también cambia el valor de la añada, como cada una tiene su estilo, su evolución, su reputación y su cotización todos los grandes vinos tienen la añada escrita en la etiqueta.

 

Una simplificación exagerada podría ser separar las añadas en dos categorías: las buenas y las malas, sin embargo la realidad no es tan tajante. Además, la fórmula “no hay años malos sólo hay años difíciles” significa que las técnicas modernas permiten sacar lo mejor de una materia prima a veces insuficiente y gracias a la selección en los años deficientes elaborar vinos, si no de gran calidad, al menos correctos.

 

La añada es un valor agregado y forma parte de la personalidad del vino, el clima juega con las uvas un papel más decisivo que con las demás frutas ya que permanecen en la planta hasta el final y determina las condiciones en las que se desarrollan. La uva madura es muy vulnerable el mal tiempo durante la época de la vendimia, puede perjudicarla y el sol puede producir una sobremaduración.

 

Añadas y calidad
Las añadas se clasifican como excelentes, muy buenas, buenas, regulares y deficientes, y se determinan por las condiciones climatológicas concretas del año en la zona en la que se encuentra el viñedo, especialmente durante el período primaveral y el estival. Así, se considera que una buena añada tuvo una buena insolación con lluvias moderadas (más bien tirando a escasas) y repartidas a lo largo del año.

 

La calificación de la añada da una información orientativa de la calidad del vino pero no tiene nada que ver con su plenitud ya que ésta se determina por el proceso de crianza que tuvo el vino, en función del análisis de la uva hecha por el enólogo y la decisión de crear vinos jóvenes, reserva o de guarda. Cada uno de ellos alcanza su plenitud en un momento diferente aunque pertenezcan a una misma añada.

 

Generalmente los blancos, rosados y gran parte de los tintos se elaboran para beberse jóvenes, entre uno o dos años posteriores a su elaboración, aunque existen algunos blancos y tintos que se fermentan en madera y tienen una larga estiba en botella que pueden alcanzar su plenitud varios años después de su añada ya que su evolución en barrica los preservó y les propició una mayor longevidad.

 

El vino es el resultado del terruño, el conocimiento del productor y el clima del año. Sin ser estrictamente igual cada año, los dos primeros factores son bastante estables, no así el clima, sin embargo, este último marca la correcta maduración de la uva y le dará el potencial necesario para la elaboración de un producto de calidad o no, por lo que la valoración de la añada representa sólo una parte referencial.

 

La valoración de la añada es principalmente válida para los vinos jóvenes ya que los dedicados a la crianza (en botella o en barrica) se desconoce como van a evolucionar. La vendimia es uno de los momentos más esperados en el ciclo de la elaboración del vino y se dice que si fue buena probablemente el vino también lo sea, quizás por eso la cosecha sea tan importante en la vitivinicultura.