¿Cómo encontrar el vino ideal?

En un mercado con miles de etiquetas nunca es fácil dar con el vino que buscamos.

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“El mejor vino es el que más nos gusta”, suelen decir los que saben. Pero esto solo funciona  para quiénes conocen sus gustos a la perfección y ya encontraron su vino ideal. El resto de los consumidores, la gran mayoría, todavía deambula por el universo vínico intentando comprender cuáles son sus gustos. Para éstos últimos desarrollamos un breve guía de estilos para que la búsqueda sea más sencilla.

 

Secos o dulzones. Nadie debe avergonzarse si prefiere los vinos dulces, a fin de cuentas, el sabor dulce es por lejos el favorito de todos los paladares. Sucede que en materia vínica a la hora de pensar con qué vino acompañar un plato la elección tira por los secos. Pero en el mercado existen vinos secos de ataque dulzón, como sucede muchas veces con los malbec. La discusión o confusión comienza cuando ese dejo dulzón es exagerado. Ese ataque algo goloso se encuentra cuando el vino posee una alta graduación alcohólica, 14 o 15 grados, aunque luego continúe seco en medio de boca. Ahora si se espera un vino seco conviene buscar en aquellos de menor graduación. En cuanto a los blancos es más fácil dar con los secos ya que por su elaboración difícilmente les quede azúcar residual. En estos el sabor dominante es la acidez.

 

Aromáticos. Algunas variedades son más expresivas que otras y entre estas se encuentran las frutales, las florales y otras con matices especiados. Si lo que se busca es recrear el olfato la primera recomendación es buscar entre los blancos, al ser los que menos manipulación reciben suelen conservar la identidad varietal y un buen combo aromático. Entre las más expresivas están torrontés, sauvignon blanc, gewürstraminer y riesling, cada una con su carácter. A la hora de los tintos es bueno buscar etiquetas que hayan recibido poca crianza o que directamente no hayan entrado en contacto con el roble. Así es más fácil entrenar el olfato e identificar las ciruelas y violetas del malbec, los tonos especiados del cabernet, los dejos de frutos de bosque del merlot o el cuero en un syrah.

 

Ligeros o robustos. Mientras que algunos paladares disfrutan la suavidad otros se deleitan con la estructura de un tinto brioso y firme. Son gustos y por suerte en el mundo del vino hay opciones para todos. A la hora de los blancos quienes prefieren los vinos suaves pueden recurrir a los sauvignon blanc, chenin, mientras que aquellos que buscan volumen lo van a encontrar en los chardonnay, viognier, riesling y semillón. En los tintos además de considerar la cepa se debe tener presente cómo fue elaborado el vino y dónde. Por ejemplo la crianza siempre aporta más cuerpo y si el vino es porcedente de un clima cálido es lógico que sea concentrado. Pero si de cepas hablamos, pinot noir es lo que deben descorchar quienes buscan delicadeza o también un syrah joven, de la otra vereda, los amantes de volumen y estructura serán felices con cabernet sauvignon, merlot y malbec.

 

Con o sin madera. Las barricas de roble son herramientas enológicas que además de aportar aromas y sabores colaboran a la maduración y amansamiento del vino durante la crianza. Si bien están los que aseguran que un gran vino debe pasar al menos un invierno en barrica lo cierto es que muchos llegan al mercado sin recibir crianza. En el caso de los blancos, por ejemplo, la mayoría evita el roble aunque alguna cepas, como Chardonnay, se benefician mucho durante la crianza. En estos casos los vinos sin madera resultan chispeantes, ligeros y frutales mientras que los segundos son más complejos, voluminosos e intenso. Como se puede observar, dos perfiles distintos para gustos y ocasiones diferentes. En los tintos es más frecuente el uso del roble aunque en los últimos tiempos su influencia esta en retirada. Por esto mismo muchos lo evitan, dando lugar a la expresión unoaked, o recurren a barricas con dos o tres usos con la intensión de no desvirtuar la expresión varietal o del terruño. En estos caso resultan tintos expresivos, sutiles y vibrantes. Sin embargo muchos consumidores aun consideran a la barrica un factor de calidad que todo gran vino debe expresar. Estos buscan vinos cuya etiqueta ostente la mención roble, reserva o gran reserva que aseguran los aromas especiados y ahumados así como también la estructura masticables que una larga crianza aporta.

 

Jóvenes o añejos. A menudo se dice que los vinos cuanto más viejos son mejor se ponen. Una declaración cierta pero a la vez engañosa. En primer lugar se debe remarcar que no todos los vinos son concebidos para ser añejados, mientras unos con el tiempo se convierten en verdaderos elixires otros solo logran avinagrarse. Pero si de todos modos genera curiosidad saber que hay en una botella con varios años de vida se debe tener en cuenta que el tiempo y el oxigeno transforman su contenido. Un vino añejo desarrolla lo que se conoce como aromas terciarios que son aquellos producto de la transformación de los tonos frutales en expresiones maduras que recuerdan a los frutos secos y pasas, hongos, cuero y hojas o flores secas. En paladar el tiempo redondea los taninos y aligera la textura aunque a veces realza la acidez. A primera vista una descripción sofisticada y elegante pero que a todos fascina cuando la descubren. Mucho menos a quienes prefieren la intensidad de los frutos frescos y flores y que el paladar sea intenso y brioso. Para estos enófilos nada mejor que descorchar vinos con poco tiempo en el mercado y desatender las máximas que el tiempo ya convirtió en mito.

 

Siguiendo los consejos de esta guía el paladar comenzará a identificar parámetros y referencias que ayudarán a formar los sentidos y el paladar, un camino largo pero directo hacía el vino de nuestros sueños.