La metamorfosis del Chardonnay

El blanco favorito de los argentinos se aggiorna y ofrece un nuevo carácter.

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Con el 2016 en marcha es momento de hacer balance y analizar algunos aspectos llamativos de la industria en el año que llegó a su fin. Entre las curiosidades que tuvieron lugar durante los últimos 365 días no se puede dejar de mencionar la relevancia de los vinos blancos. Algo que nada tiene que ver con la casualidad sino producto de una mejora notable en su calidad.

 

Con la excusa de encontrar climas frescos que aseguren niveles más elevados de acidez natural en los tintos, la industria se topó con terruños ideales para los blancos. Entre estos parajes ya se destacan los viñedos de Tupungato y Tunuyán en Valle de Uco, Mendoza, y ciertos rincones patagónicos como San Patricio del Chañar en Neuquén y el Alto Valle de Río Negro. Desde estos rincones durante 2015 llegaron al mercado etiquetas que sorprendieron tanto a los paladares locales como a los internaciones. Entre los últimos incluso dieron lugar a sorprendentes declaraciones de expertos como Jancis Robinson, Tim Atkin y Luis Gutiérrez, los encargados de relevan al actualidad local para los medios más influyentes del planeta. Si hubo algo en que los tres coincidieron fue en que los Chardonnay argentinos comienzan a mostrar un perfil internacional que nada tiene que envidiarle a los más sobresalientes del planeta. Ya todos auguran un gran futuro para este varietal, principalmente para aquellos elaborados con uvas producidas en la altura mendocina.

 

¿Qué hay de nuevo con los Chardonnay argentinos? Siempre que se habla de cambios es bueno explicar que sucedía antes, más en un caso tan importante como el Chardonnay, uno de los cepajes favoritos de los argentinos.

 

Cómo explicamos en otras oportunidades las uvas blancas históricamente se llevan mejor con los climas fríos. Basta con observar lo que sucede en Borgoña, en las laderas del Rin, en el valle chileno de Casablanca o en los viñedos neozelandeses, todos reconocidos por sus vinos blancos.

 

Pero esto no significa que en regiones secas, soleadas y con altas temperaturas no se pueda elaborar buenos Chardonnay sino que hacerlos demanda trabajos y cuidados que en los climas fríos no son necesarios. Por ejemplo, tradicionalmente los Chardonnay locales se elaboraron en Luján de Cuyo y Maipú, en los sectores más frescos pero que nunca llegan a ser tan fríos en comparación con los antes mencionados. Por esto mismo los productores deberían dedicar mucho trabajo al viñedo para regular el avance de la maduración. Finalmente resultaban blancos intensos de colores dorados leves con aromas a frutos blancos y tropicales maduros junto tonos melosos y de frutos secos que aportaba el roble. La crianza fue siempre  clave en las etiquetas más exclusivas para lograr volumen de boca y longevidad. En boca a fin de cuentas eran vinos amplio y semi golosos a los que a veces les faltaba chispa. La explicación detrás de esto es que en estas zonas de Mendoza el Chardonnay madura en forma correcta pero acelerada y esto genera aromas de frutos maduros y un nivel alcohólico por encima de lo que se acostumbra en otras regiones del mundo mientras que se sacrifica acidez. En este contexto se logran vinos sabrosos pero que no sorprenden a los paladares más exigentes.

 

Frío y altura, el combo ideal. La exploración de los climas frescos de altura sirvió para que los enólogos descubran que podían asegurarse buena madurez sin perder acidez natural. Gracias a este clima y a factores complementarios como los suelos calcáreos de la montaña, muchos comenzaron a aplicar técnicas de cultivo y cosecha propias de las zonas vitícolas frías y así aparecieron nuevos Chardonnay, más tensos y refrescantes.

 

Los tiempos de cosecha también fueron clave para estos vinos. Por ejemplo, algunos se  animan a adelantar las vendimias hasta 3 semanas, con el fin de concentrar mayor acidez mientras que otros realizan más de una vendimia en diferentes momentos del verano para luego realizar un corte final con los diferentes componentes obtenidos. En ambos casos el resultado son vinos vibrantes y frutales que ya pusieron en alerta a muchos consumidores acerca del potencial que estas zonas ofrecen para la producción de vinos blancos.

 

De este modo la aromática de los nuevos Chardonnay argentinos aumenta sus matices cítricos y florales mientras que los frutos tropicales se expresan frescos. En paladar los cambios también se evidencian en un fluir chispeante y filoso que no solo aporta frescura sino que además augura buen potencial de guarda, aun sin necesidad del uso de roble. Incluso,  cada día más enólogos se animan a embotellar sus Chardonnay sin paso por barrica como lo hace Germán Massera para su Finca Sophenia Unoaked Chardonnay 2015 que forma parte de la Selección Exclusiva del mes de Marzo de Bonvivir.

 

De este modo los Chardo mendocinos se preparan para competir internacionalmente, una apuesta que hace una década hubiese resultado alocada. Junto con el rey de los blancos también se esperan bueno resultados con Sauvignon Blanc, Semillón y algunos hasta se animan al Riesling, pero esto será materia de análisis en otro momento.