El formato de la botella, ¿importa?

El envase que contiene cada vino que descorchamos puede decirnos mucho del estilo que encontraremos en cada sorbo. Pero a qué detalles debemos darle importancia.

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Hace unos días una escena algo curiosa ocurrió frente a una góndola de vinos. Un comprador, con gesto porfiado, tomaba las botellas de los diferentes estantes, las agitaba como comprobando su peso y palpaba la base del envase. Con curiosidad, el sommelier del local se acercó para evacuar las dudas que el consumidor pudiera tener y preguntarle qué era lo que hacia. Con gesto firme el enófilo sin dejar de llevar adelante su pesquisa explicó que comprobaba la calidad de los vinos ante de comprarlos, “chequeo el peso de la botellas y si la base esta hundida, los mejores vinos vienen en botellas pesadas y con la base bien hundida”. Lógicamente el sommelier no corrigió esta teoría aunque busco sugerirle otros aspectos a considerar para evaluar la calidad del vino.

 

Ahora bien, la teoría desarrollada por este consumidor no debería parecer tan disparatada ya que es cierto que las bodegas destinan mayores recursos para los insumos de sus grandes vinos o etiquetas ícono, pero esto no necesariamente define calidad. De hecho, muchas veces para impulsar las ventas de un producto o su posicionamiento, las bodegas acuden a botellas imponentes, etiquetas llamativas, estuches lujosos y otros insumos que siempre elevan la percepción del producto. Sin embargo, estos elementos no alteran la calidad del vino una vez embotellado, es decir, no lo mejoran ni perjudican.

 

Cuestión de peso. Las botellas ícono se han convertido en una tendencia que lógicamente el consumidor valora. Cuanto más imponente el envase esta claro que la percepción del consumidor por el vino en cuestión será mas alta pero cuánto influye esto en la calidad del vino. La realidad es que muy poco. La botella debe contener al vino y protegerlo de los rayos UV, de ahí el color verde o marrón de muchos envases. Es cierto que cuanto más grueso sea el vidrio mas resistente será el recipiente pero basta con mirar las botellas que se utilizaban décadas atrás para notar que siendo mucho más delgadas y livianas que las actuales cumplieron su misión. Incluso, muchos países del mundo impulsan medidas para que las botellas dejen de ser un instrumento de musculación dado que a la hora de movilizar los embarques el peso de estos fletes insumen más energía y combustibles y producen mayor polución y contaminación. De manera que hoy se promocionan las botellas ecológicas que demandan menos cantidad de vidrio y pesan mucho menos.

 

El “culito” de la botella. Otra creencia muy popular es que si la base de la botella esta hundida para dentro el vino es de mejor calidad. La explicación de este hundimiento tiene algunas razones de ser pero poco influirá en la calidad final del vino. Imaginemos que si el formato de la botella pudiese definir los atributos del vino sería muy sencillo lograr vinos perfectos con solo envasarlos en la botella correcta. En general este hueco en la base de la botella responde a cuestiones técnicas de la fabricación y para dar resistencia al envase. De hecho tampoco es cierto que sea para tomar la botella y servirla de manera elegante como un experto sommelier.

 

El tapón si importa. Los enólogos afirman que el insumo más importante para conservar la calidad del vino un vez embotella es el sistema de taponado, ya sea corcho, tapón sintético o tapa a rosca. Será esta pieza la que resguardara la sanidad del vino por lo tanto a la hora de buscar una buena botella quizás sea más importante indagar en estos aspecto siendo tolerante a las nuevas tecnologías diseñadas para asegurarnos un sorbo perfecto. Actualmente las bodegas disponen de diversos sistemas y materiales desde el clásico tapón natural que es siempre ideal para los vinos que necesitan envejecer en botellas mientras que para vinos de consumo dentro de los dos o tres años existen alternativas de materia prima natural (alcornoque) pero también otras de orígenes diversos pero siempre aptas para alimentos. Finalmente, está la tapa a rosca, cada vez más popular, que en muchas partes del mundo incluso se destina para vinos de altísima gama.

 

El formato dice más que el peso. Existen ciertas convenciones internacionales que permiten saber que tipo de vino contienen una botellas de acuerdo al formato. Los dos ejemplos más tradicionales son la botella Bordeaux y la Borgoña. Con estilos casi antagónicos, estas dos regiones elaboran vinos tan diferentes como los envases que utilizan. Producidos a partir de cortes con Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Merlot, los vinos bordeleses son más intensos y llegan al mercado en las botellas de hombros altos mientras que en Borgoña, los vinos se elaboran con Pinot Noir siendo más sutiles y ligeros y se embotellan en las botellas sin hombros. Por esto mismo, muchas bodegas recurren a un modelo de envase de acuerdo al estilo de vino que elaboran y así el consumidor puede saber de antemano el estilo que va a encontrar. Otro caso es el de los vinos Riesling que recurren a la botella alsaciana y es una buena manera de diferenciarse de los Chardonnay que recurren casi en su totalidad a la botella Borgoña.

 

Botellones, otro dato a considerar. En materia de tamaños, las botellas de vino pueden llegar hasta los 21 litros. Aunque a los formatos tradicionales de 750 cm3 le siguen las magnum (litro y medio) y doble magnum (tres litros) entre las más habituales. Ahora bien, cuanto importa el tamaño en este asunto, mucho. El vino al estar contenido en menor volumen logra protegerse mejor del paso del tiempo dándose una evolución más lenta. La clave es que el único acceso posible de oxigeno serán los poros del tapón y siendo mayor la relación del volumen que la del orificio de la botella, las dosis de aire que ingresa influye siempre menos que en una botella regular. De manera que si se quisiera guardar un gran vino para una ocasión especial, lo ideal es hacerlo con botellas oversize como se las conoce en el mundo.