Indicaciones Geográficas: cómo funcionan en Argentina

La vitivinicultura está inmersa en la identificación de las diferentes regiones vitícolas argentinas. Una labor cuyos resultados se aprecian en etiquetas y copas.

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Desde 2009, año en que un grupo de bodegas comenzó a darle forma a la Indicación Geográfica Paraje Altamira, en Argentina cambió el proceso de delimitación para nuevas regiones vitivinícolas.

 

Hasta entonces, las Indicaciones Geográficas (IG) locales – muchas más de las que seguro imaginas – eran contenidas por límites políticos trazados hace más de un siglo. Por ejemplo, las IG que conocemos de Luján de Cuyo como Vistalba, Las Compuertas o Agrelo responden a estas demarcaciones.

 

Esta metodología, que en los albores de la vitivinicultura local no suponían ningún inconveniente, entraron finalmente en vigor en 2002 y apenas un puñado fueron las que las bodegas implementarían al etiquetado.

 

Los suelos del pedemonte cordillerano y su heterogeneidad son una pieza vital del estudio de los agrónomos a la hora de proponer nuevas delimitaciones e Indicaciones Geográficas.

 

 

Sin embargo, los inconvenientes comenzaron con la exploración de la regiones a partir de criterios técnicos y científicos que buscan explicar cómo actúan los diferentes factores del terroir en cada viñedo y cuál es el perfil de vinos que se puede desarrollar en cada caso.

 

La principal complicación con la metodología original de delimitación es que una misma zona puede contener diferentes condiciones naturales, entiéndase de suelos y clima. Justamente, la nueva metodología busca trazar limites con estos aspectos como premisas principales.

 

Claro está que el objetivo es comprender cuáles son las expresiones de vinos posibles y que cepas se adaptarían mejor de acuerdo a las condiciones climáticas identificadas además de origen y tipografía de los suelos.

 

Por esto mismo, desde hace una década los expertos en viticultura junto a los enólogos trabajan en pos de trazar límites que protejan las zonas vitivinícolas a partir de la caracterización de los terruños y los factores que definen características únicas para los vinos producidos con los frutos obtenidos.

 

Siguiendo estos protocolos, en 2013 fue aprobada la Indicción Geográfica Paraje Altamira (ampliada en 2016 en su superficie total) mientras que otras siguieron el mismo procedimiento y esperan la validación final del Instituto Nacional de Vitivinicultura. Entre estas otras se encuentran El Cepillo en San Carlos, Gualtallary en Tupungato y Los Chacayes y San Pablo en Tunuyán. Todas en el Valle de Uco. Como dato a destacar, solo Los Chacayes ha logrado el status definitivo de IG mientras que San Pablo está próxima a ser aprobada.

 

Cómo funcionan estas IG. Al igual que muchas legislaciones del mundo vitivinícola, en Argentina el INV protege el origen de los frutos con los que se elabora cada vino y para esto aprueba Indicaciones de Procedencia, Indicaciones Geográficas y Denominaciones de Origen Controladas. Este sistema funciona con la lógica de general a particular siendo la mención de menor escala la más preciada.

 

Sigamos un ejemplo fácil de comprender con la IG Paraje Altamira. Para ostentar esta indicación en su etiqueta, un vino debe estar elaborado con uvas cultivadas dentro del área aprobada para esta Indicación. Ahora bien, Paraje Altamira se encuentra en San Carlos, departamento del Valle de Uco, una de las regiones vitícolas de Mendoza, principal provincia vitivinícola de Cuyo y lógicamente dentro del territorio argentino.

 

Ubicada sobre el cono aluvial sur del Río Tunuyán, la IG Paraje Altamira corresponde al Departamento de San Carlos, jurisdicción del Valle de Uco, Provincia de Mendoza.

 

De manera que este recorrido geográfico no permite comprender que una botella que puede acceder a dicha IG especifica bien podría llevar en su etiqueta la procedencia departamental, es decir, San Carlos, o bien Valle de Uco, o Mendoza y Cuyo. Sin embargo, no todos los vinos de Cuyo podrían acceder a la mención Valle de Uco.

 

Ahora, cuál es el objetivo de este sistema. En principio, proteger el origen de las uvas y así al consumidor que al acceder a un vino de una IG especifica espera un estilo de vino en particular ligado a las condiciones de dicha área. Además de pagar seguramente un precio diferencial por la exclusividad que podría implicar una Indicación Geográfica.

 

Las marcas del origen. Además de las ambigüedades que suponen las delimitaciones políticas a la hora de hablar de terruños, el trabajo técnico dio a luz otros inconvenientes. Uno, para nada menor, fue la imposibilidad por parte de las bodegas de usar los nombres de ciertas zonas pro estar ya registrados como marcas por otras compañías. Por ejemplo, si bien la región estrella de la vitivinicultura argentina se llama Altamira, se debió recurrir al nombre compuesto, Paraje Altamira, ya que el nombre original es propiedad intelectual de una bodega mendocina. Esto mismo sucede con varias otras regiones aunque siempre hay una excepción.

 

Francois Lurton, viticultor francés y propietario de la bodega Piedra Negra en Valle de Uco, registro hace años la marca Chacayes para su vino ícono. Por aquel entonces, la región donde está emplazada la bodega se conocía como parte de Vista Flores aunque su nombre original era este vocablo nativo que hace mención a los arbustos típicos de la zona pedemontana. Sin embargo, el mismo Lurton cedió la utilización de la marca a la Indicación Geográfica Los Chacayes aunque aun conserva el nombre para su vino ícono.

 

Lógicamente, hoy ya no es posible registrar nombres de la regiones como marcas privadas.