Indicación Geográfica o Denominación de Origen

El sentido de lugar que persiguen los enólogos lleva a muchos consumidores en considerar la procedencia como un aspecto cada vez más relevante del vino. Cómo identificarlo en la etiqueta.

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Décadas atrás, el vino se compraba según su origen. Burdeos, Borgoña, Chablis, Champagne, Chianti y Rioja quizás eran las denominaciones más populares y codiciadas y los consumidores confiaban que los vinos provenían de estas regiones.

 

Sin embargo, con el tiempo los productores de todo el mundo comenzaron a replicar estos estilos exitosos hasta que más tarde comenzaron a utilizar estos orígenes como marcas. De un momento a otro en todos los países se producían blancos bajo el nombre Chablis o tintos con mención Chianti.

 

Pero esto tuvo un límite. La Unión Europea fue la encargada de oficializar la protección de la Denominaciones de Origen del viejo mundo e impuso penas comerciales para aquellos países que no las cumplieran. A fin de cuentas es este el objetivo principal de las denominaciones de origen.

 

Ahora, ¿qué es un Denominación de Origen? A grandes rasgos, una D.O. protege los productos de una región delimitada y legisla cómo elaborarlos. En el caso de los vinos, las D.O. exigen que las uvas provengan de la zona específica y se cumplan una serie de requisitos en cuanto a la elaboración: rendimientos máximos en los viñedos, cepas autorizadas, procesos de vinificación, el tipo y tiempos de crianza así como también los plazos para el lanzamiento de cada añada al mercado. En conclusión, una Denominación de Origen protege la procedencia de un producto y un protocolo de elaboración con una fuerte incidencia cultural, aspectos esenciales del terroir.

 

Al existir Denominaciones de Origen con mejor reputación que otras, los entes reguladores deben actuar y proteger a los productores de posibles plagios o aprovechamiento por parte de productores de otras zonas.

 

Mientras que en Europa existen miles de Denominaciones de Origen, en Argentina solo contamos con dos oficialmente activas. Una es la Denominación de Origen Controlada de Lujan de Cuyo que fue la primera de Sudamérica y la de San Rafael, ambas en Mendoza.

 

Ahora, no es que en nuestro país no hayan prosperado las Denominaciones de Origen por cuestiones cualitativas, todo lo contrario. Los bodegueros, enólogos y productores argentinos impulsaron un ley que protege el origen de las uvas pero a muy pocos les interesa decretar protocolos de elaboración para cada zona.

 

Por esto mismo, desde hace unos años se impulsan las Indicaciones Geográficas, un recurso que primero establece una región delimitada donde las condiciones naturales, climáticas, geográficas y geológicas ofrecen un contexto que afecta el cultivo y aportar un carácter diferencial al vino. Estas I.G. demandan de estudios científicos de los que participan los productores y los organismo oficiales encargados de determinar las posibilidades del lugar.

 

Los productores insisten en este modelo ya que no limita la interpretación y creatividad de cada enólogo mientras se termina de definir el mejor perfil o estilo para cada región. No olvidemos que como parte del nuevo mundo del vino, Argentina posicionó sus vino de la mano de los varietales. La esperanza de los winemakers es que en un futuro no muy lejano las zonas se impongan sobre la cepa o al menos los consumidores comiencen a valorar determinados vinos de acuerdo a la procedencia.

 

Entre las Indicaciones Geográficas más renombradas en nuestro país por estos días se encuentran Paraje Altamira, San Pablo, Los Chacayes, Pedernal, Valles Calchaquíes y Pampa El Cepillo, ejemplos cuya aplicación sirven de referencia para otras aun en proceso de delimitación y otras que están en revisión.